Eclipse artificial


Volvía con paso apresurado, el viento helado de primavera le marcaba aún más la cara. Sus oídos gemían al ritmo de una aguda voz cubana que le taladraba sus melancolías. Media cuadra faltaba para sentirse en la soledad de su guarida. De repente un estruendo, una explosión; tras ello una a una las luces de los faroles se apagó. El Caminante atinó a seguir en la oscuridad, pero frenó el paso. Contempló el paisaje conocido con la luna como linterna, le gustó. Sin miedo empezó a reír, sospechó que Ella le envío de regalo ese eclipse artificial en esa noche helada de primavera.

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