El destierro (capítulo final)



Bajos los destellos artificiales la vio resplandecer, su corazón galopaba acelerado y su sangre hervía al paso de las horas. Nada podía hacer, estar frente a ella era una constante impotencia. No pudo jugar más, su egoísta amor hizo descartar a la basura los pocos tenues avances para reingresar al clan. No es que no le importe, todo lo contrario, pero ese sentimiento es una hoguera, le quema, y hasta que no se consuma no volverá. El destierro, casi un auto destierro, es la única equivoca solución que encontró. Apartarse de todo y de todos. Irse acompañado de su soledad y de una amiga pena. Ahora sí que esta solo, lo sabe, ya se despidió de su pasado y ahora de un mentiroso presente. Si bien sabe que debe volver a la aldea por asuntos irrenunciables intentará hacerlo lo menos posible. A pesar de los marchitos laureles, el aire en ese lugar le es hostil a su tristeza. Emprendió el destierro deseando que ella haga lo mismo de su ser. No quiere querer. Caminando por la vieja vía de un tren que nunca pasará fue tirando sus fantasiosos escritos, a esos a los que no volverá, y los nunca tendrán un capítulo final. Quizás, después, de las obligaciones semanales pueda fundirse en un abrazo con el río y descansar sobre la vasta vegetación de una isla.

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