La Lengua de la Hidra


Las luces tenues del Camino de Luciérnagas lo acompañaban. Iba mirando a lo lejos, entre la arboleda, otros caminos de barro empantanados. Al frente sólo tenía niebla, cada paso era descubrir el resto del viaje. Poco a poco las luciérnagas iban aumentando la intensidad de la luz, lo creyó normal, continuó. De repente, sin esperarlo a pesar de sus presentimientos, una luz tan clara, tan intensa lo envolvió. 

Desconcertado pensó que el día había desplazado a la noche. Miró al cielo, pero estaba vestido de la misma oscuridad que antes. A su alrededor sólo luz, sobre él solo luz. Esa luminosidad enemiga, de lo visible que lo dejó, lo cegó. Oyó un trueno, sintió que una tormenta de ráfagas eléctricas se le metía por dentro. Gritó, sí que grito, hasta estallar. Cegado como estaba repartió esquirlas como si fueran caramelos. Mientras lo hacia, consumido, el caminante se durmió.

Sumergido en un sueño la vio, inmóvil como retrato de algas. Por detrás había una figura gris que se asomaba, se movía como ocultándose pero a la vez haciéndose evidente. La siguió hasta un balcón de troncos, la figura desplegó sus alas y se fue riendo, se le escapo. 
Voló tan alto que un destello, su destello, la hizo visible por un momento. La figura gris se destiño, la Hidra de Lengua mostró su rostro. 

El caminante se dio vuelta, se arrodillo para pasar por un túnel de nutrias, y continúo el camino. Sin levantar la vista imaginó que esa figura seca con la visibilidad de esa luz, sin quererlo, quizás le aliviaba la niebla de adelante del camino.

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