Radio



La mesa se presenta como el sostén necesario en toda la hora, el vidrio de enfrente una conexión obligada y esperada con el exterior. Solos. Estamos solos con nuestra historia, nuestros fantasmas, los saberes y desaberes. 

El auricular el ticket de entrada hacia una dimensión aún no comprendida, a una muy parecida a los momentos de locura en los que hablamos solamente con el aire de compañía.

Nuestras extremidades se ausentan y dan paso protagónico a los sentidos, somos oídos y una sola voz. Las palabras brotan inconscientemente sin darnos cuenta como las procesamos. Decimos, afirmamos, discutimos, negamos. Todo con perfecto convencimiento sin darnos cuenta realmente de donde lo sacamos. 

El imaginario de un oyente se nos representa enfrente como una presa a alcanzar, ¿será esa la motivación? O lo que realmente nos moviliza es el juego, ese juego tan verdadero y peligroso del cual no tenemos noción. ¿O sí? ¿Y si realmente no nos importa? 

Sea como sea, hacemos radio, nos sentamos al micrófono una ves por semana y somos nosotros, somos libres. Y al sentimos así creemos estar cambiando el mundo. 

Un gran juego la radio. 

La luz roja se apaga. Luego de saludar a los recientes aliados salimos a la calle, todo está igual. Pero una sonrisa nos brota, estamos convencidos, quizás tontamente, de que en una semana algo vamos a cambiar.

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